sábado, 7 de agosto de 2010

AÑORANZAS JAPONESAS.

En casi año y medio que llevo en nuestra ciudad capital, me atrevería a mencionar algunas de las cosas que los ex dekasegi estoy seguro extrañamos del Japón, lógicamente sin caer en la mezquindad de hacer odiosos comparaciones.
Primeramente esta la confianza social que se respira en el Japón, lo cual implica la seguridad ciudadana, el hecho de preguntar por una dirección a alguien y que no te mande al desvío, la eficiencia de sus instituciones para hacer los trámites y la pronta respuesta de las organizaciones que velan por la seguridad social: bomberos, policía y ambulancias.

Aquí en el Perú las cosas son un poco diferentes.

Seguidamente el tratar con personas educadas de una cultura como la japonesa, de alguna manera modifica nuestros actos, como por ejemplo el valor de la palabra, lo cual abarca desde la puntualidad en las citas hasta los grandes negocios. “La hora peruana” no se podría aplicar allá, ya que aquí siempre encontraremos una excusa para nuestra impuntualidad. Ni que decir del “arte de mecer” cuando se refiere a algún negocio o compromiso comercial. En nuestro terruño esas actitudes son el pan de cada día.

Este campo cultural es sumamente amplio, desde respetar el espacio auditivo del prójimo hasta las actitudes que se deben de tomar en cuanto al respeto integral de una persona. Aquí la ley del más vivo impera.

El respeto que los establecimientos comerciales tienen por los clientes es un tema aparte. Dentro de la cultura comercial japonesa el cliente es considerado “kamizama” y es recibido con un “bienvenido” y despedido con un “gracias”, aquí más bien es el cliente el que tiene que agradecer y hasta en algunos casos pedir “que le hagan el favor de que lo atiendan”.

El orden y la limpieza de la ciudad es tema aparte. Los denshas y los shinkansen no se van a comparar con nuestras combis y buses interprovinciales.

Esta pequeña añoranza, con sus respectivas comparaciones, hacen creer que el Japón es un país perfecto y lamentablemente opacan lo rescatable que tenemos aquí en Lima o en el Perú. Estando sumergido por varios años en el archipiélago, las añoranzas por las cosas de nuestro terruño es algo elevado al cuadrado de lo que podríamos tener los ex dekasegi estando en nuestra tierra.

Aquí todos nuestros familiares y amigos están cerca, allá todos están dispersos, separados por los horarios de trabajo y el espacio. Aquí con poco dinero disfrutamos de cosas imposibles de disfrutar allá, como la buena sazón criolla o un juego de billar entre amigos. Allá por más dinero que se tenga y no se dispone de un restaurante peruano cerca y encima no se sabe cocinar, se tendría que esperar a un fin de semana para satisfacer el apetito (y el paladar), no es algo instantáneo como aquí.

La presión por el tiempo es otro tema. La monotonía y la rutina de allá robotizarían al más común de los mortales. Por eso cuando recién se regresa del Japón luego de muchos años de trabajo, uno viene medio “ahuevado” por asi decirlo.

Allá el tiempo es dinero, aquí el tiempo es vida.

Allá, mientras sus fábricas necesitan mano de obra y hay trabajo no falta nada, pero cuando baja la producción nos despiden y pasamos a ser un estorbo para esa sociedad. Aquí no habrá riquezas, pero al menos casa y comida no nos falta como ya estaba empezando a faltar allá en la crisis de diciembre del 2008.

Hay muchos momentos en que la insatisfacción del ser humano se pone de manifiesto y conlleva a escapar mentalmente a otra realidad y ese recuerdo nos lleva al Japón (en el caso de los ex dekasegi al menos) o a otros lugares. Pero lo cierto es que la realidad de nuestro país tiene que ser mejorada tomando como ejemplo otras culturas, no necesariamente la japonesa claro esta.

No llegaremos a hacer de nuestro Perú el paraíso pero al menos hagamos de este un país mas civilizado para vivir.

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